Hoy es uno de esos días.

 

Sentada ante el ordenador me invade el desasosiego, nada ha sucedido (al menos aparentemente) que me haya inducido este estado de ánimo. Me siento vacía, cansada, sin ganas de nada y, al mismo tiempo, con un anhelo feroz de algo, aunque no consigo identificar qué es lo que quiero.

No es un estado extraño, ni siquiera puedo llamarlo inusual, más bien es un acompañante fiel que nunca acaba por completo de alejarse. Como las corrientes marinas, forma parte de mí misma y a veces arremete con fuerza mientras que otras se mantiene soterradamente en el fondo.

Junto a ella, otra ráfaga sacude mi interior diciéndome que ya está bien de tanto rollo, que de qué sirve tanto tiempo mirándome el ombligo, tantos talleres, tanta formación, tanto esfuerzo y, por si fuera poco, tanto dinero… De qué ha servido todo, si este “oscuro pasajero” sigue ahí.

Cuando de algún modo se alían estas corrientes y estas voces, me siento zozobrar como hoy en estas mis aguas más negras.

Y, paralelas a ellas, también habitan mi cuerpo, otras corrientes y otras voces que hoy quedan ahogadas y olvidadas; constituyen el grupo que sigue repitiéndome sin descanso: aún no has llegado, aún te falta, no puedes desfallecer, no te apalanques; es normal, levántate.

Sin embargo, hoy es de esos días en que entro en conflicto, esos días en que lucho por sortear los obstáculos, por evadir los peligros, por salir rápidamente del laberinto. Hoy es de esos días en que quiero entender y no vivir, sobrevivir sin superar y salir sin afrontar. Hoy es el día en que la balanza se inclina y ganan las voces derrotistas la batalla.

Hoy estoy en lucha, hoy no acepto que la vida es esto también. Hoy he de reconocer que sigo triste, que no importa lo que marque el calendario, ni los días o meses que hayan pasado. Que me duele todavía el alma, que aún siento rabia. No quiero aceptar que mi herida sigue abierta. Y lo que es peor, que esto no tiene que ver con nada ni con nadie.

Hoy es de esos días en que la soledad y el silencio pesan tanto como losas; hoy es de esos días en que pierdo el centro y deseo creer que algo o alguien puede darme lo que tanto necesito; “eso” que no sé lo que es.

Hoy es de esos días en los que me cuesta tanto acompañarme a mí misma.

Siento cómo se desencadena la trifulca: “el oscuro pasajero” que intenta arrastrarme hacia los negros abismos, la luchadora que empuja hacia la superficie. Y, poco a poco, el cansancio, la falta de fuerzas….

Al final, puede que ya sea mañana, puede que pasado, me dejo estar, agotada de tanto ir contracorriente, derrotada por una de mis polaridades, aceptando que no puedo más. Y sólo entonces, en este momento de total derrota, cuando por fin dejo a eso, sea lo que sea, seguir su propio curso sin oposición ni empuje por mi parte consciente, sólo en ese momento es cuando dejo de hundirme y floto… floto por encima de todas mis corrientes.

Estoy triste y me duele. Estoy enfadada, rabiosa como un perro. A pesar de todo el trabajo, a pesar de lo avanzado, sigo siendo una humana de a pie, persiguiendo la sanación, la iluminación, la beatitud…

Acepto, cuando puedo (esta tarde, mañana, pasado o quizás al otro) que no he llegado a ningún lugar, que no me he curado del todo, que simplemente avanzo cada día un poco más y que el aspecto favorable es no reabrir lo que quedó bien limpio y cerrado. Acepto, por fin, que el camino no va a terminar hasta que se escape mi último aliento.

Hoy estoy torcida, mañana me centraré de nuevo. Esto es lo que he aprendido y lo que me mantiene a flote: estar perdida no es aceptar lo que siento, es querer sentir lo que no es cierto.

Soy como tú, como todos; con días buenos, con días horribles.

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