Gratitud vs Deuda

 

Una de las grandes confusiones que arrastramos muchos de nosotros es la diferencia que existe entre ser agradecido y estar en deuda. ¿De dónde hemos extraído la loca idea de que para demostrar agradecimiento hemos de pagar por lo recibido?

Durante mi infancia, me enseñaron a responder siempre con ese “gracias” mecánico ante cualquier acción o palabra de otro dirigida a mi persona. Yo era una niña muy educada, nunca dejé de decirla, pero realmente durante mucho tiempo no fue más que una palabra protocolaria que debía pronunciar.

Durante mis años de maestra, una de mis obsesiones era que mis alumnos fuesen educados, pero ahora me doy cuenta de que hice exactamente lo mismo que hicieron conmigo: adiestrarlos como al perro de Pavlov, aunque en nuestro caso, en lugar de salivar, nos volvimos locos respondiendo adecuadamente.

Y si con esto no fuera suficiente, llegué a creer que era estrictamente necesario corresponder ante una petición, un favor o hasta incluso un regalo con algo equivalente a lo recibido o, en su defecto, quedar en deuda, estando a merced a partir de entonces de esa persona o grupo de ellas hasta llegar a saldar ese “descubierto”.

Es una costumbre bastante extendida, aunque en mi caso concreto el introyecto que lo ha potenciado es esta famosa máxima paterna: “Cada uno ha de sacarse sus castañas del fuego”. Por tanto, todo lo que sea recibir ayuda tiene un precio y pedirla… tiene mayor coste.

Cuando, por el contrario, estamos en el otro lado de la balanza, cuando somos los que damos, tanto sea por decisión propia como por demanda ajena, nos solemos situar en un estrato superior y desde ahí observamos al “otro”, juzgando sus acciones y decidiendo si el susodicho individuo es merecedor de nuestra consideración. Nos quedamos a la espera de ver cómo a partir de este momento “el otro” nos agradecerá, mejor dicho, nos devolverá lo recibido.

Como muchas otras facetas, hemos desvirtuado lo que significa ser generoso o ayudador y lo hemos convertido en un intercambio casi pecuniario.

Si busco el significado de “dar”, no encuentro ninguna entre sus muchas acepciones que implique necesariamente un intercambio. El sentido de este tipo de acción va únicamente en una dirección: del que da al que recibe.

Si busco pedir, el recorrido es el inverso: del que pide al posible dador. Pero tampoco el hecho de pedir y recibir implica necesariamente que haya que devolver lo tomado obligatoriamente.

Cuando alguien “da” por propia iniciativa, ha de ser consciente y responsable de lo que implica su acción: “te ofrezco lo que necesitas porque quiero ayudarte, no porque desee que estés a mi merced”. Si cuando “doy” en el fondo lo que estoy buscando es sentirme superior a ti porque poseo lo que tú no tienes y eso me hace sentirme privilegiado y utilizo ese seudopoder para controlarte, eso no es generosidad.

La generosidad es un acto desinteresado, que no espera intercambio. Un regalo es el acto generoso por excelencia: te doy simplemente por el placer de dar.

Si ante una demanda nos sentimos en la obligación de satisfacerla, lo mejor es pararse y dejarse sentir lo que nos está sucediendo.

Cuando pido tu ayuda, deseo que me la ofrezcas y por ello te estaré agradecida. Si no quieres dármela, estarás en todo tu derecho y yo debo estar preparada para ello, ya que el hecho de que te pida no te obliga a satisfacerme.

Si decides finalmente ayudarme y concederme lo que pretendo, no esperarás más que agradecimiento, a no ser que directa y claramente expongas lo que quieres a cambio de lo solicitado, con lo cual ya no es una petición sino que se ha convertido en un trueque.

Cuando damos por sentado que el “yo te doy y tú me debes” es lo lógico, lo único que estamos haciendo es apuntalar nuestra acción sobre un cimiento falso. La lógica, a la que hacemos tanta referencia cuando queremos dar por cierto algo que hacemos pero que no tiene base real donde apoyarse, es la costumbre generalizada que hemos convertido en norma, pero no por ello es la acción pertinente. Esto es como aquella famosa frase “del tocino y la velocidad”: Nada que ver, aunque lo sigamos haciendo.

El hecho de que una y otra vez repitamos el mismo círculo vicioso y seamos bastantes los que nos vemos inmersos en la misma creencia no la convierte por ello en cierta. Cambiarla está en nuestra mano.

Seguir una dinámica porque es lo que “siempre” se ha hecho, sólo ratifica mi sumisión al entorno, no la validez de la misma. Replantearse las costumbres y buscar su vigencia es más saludable que seguir haciendo algo simplemente porque todos lo hacen. Deja de moverte según la inercia y escoge  qué hacer con conciencia.

Recuerda:

Dar: Ofrecer, conceder, otorgar.

Pedir: Rogar o demandar a alguien que dé o haga algo, de gracia o de justicia.

Intercambiar: Cambiar entre sí ideas, informes, publicaciones.

Generosidad: Inclinación o propensión del ánimo a anteponer el decoro a la utilidad y al interés.

Agradecimiento: Sentir gratitud. Mostrar gratitud o dar gracias

Vender: Traspasar a alguien por el precio convenido la propiedad de lo que uno posee.

Comprar: Obtener algo con dinero o con especies.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en concreto puedes contactar conmigo por teléfono o correo electrónico.