Los hombres no lloran.

 

La sociedad patriarcal en la que estamos inmersos, nos ha marcado de manera negativa a ambos sexos; a ambos, se nos ha impedido desarrollar potencialidades y, a ambos, se nos ha frustrado. Llevamos un lastre.

Todos nuestros abuelos, la mayoría de nuestros padres, muchos de nuestros hombres y aún, algunos de nuestros hijos, han crecido y crecen con la nefasta idea de: “los hombres no lloran”.

¿A quién se le ocurriría semejante atrocidad?

El hombre ha de ser: fuerte, valiente, duro, inalterable, racional… Buenas cualidades si aparecen en los momentos adecuados. Nuestra cultura ha sido inflexible con el hombre, y no le ha permitido mostrarse según la situación.  Se siente obligado a seguir un rol que no le permite salirse del guión y, en este libreto, no hay lugar para la sensibilidad.

El hombre vulnerable, temeroso, frágil, variable, emocional… hasta hace poco era menospreciado, pues éstas características se consideraban cualidades femeninas que no le pertenecían.

La mujer, débil; el hombre, fuerte.

Y sin embargo, ser “fuerte” es no poder afrontar los sentimientos, ser incapaz de mostrarlos y no hacerse cargo de ellos. Mientras ser “débil”,  es mostrarse conmovido, manifestarse tal cual sé es en las diferentes ocasiones y hacerse responsable de lo que se siente y de lo que a uno le pasa.

Hemos separado cuerpo y mente como si de dos organismos diferentes se tratase; con ello hemos conseguido convertirnos en seres humanos desconectados; diría más, robots sin alma y sin corazón.

Los hombres se han visto obligados a sufrir en silencio, imposibilitados para demostrar su dolor y su miedo.  Han tenido que mantenerse erguidos, rígidos, inalterables.

Ya está bien de tanto patrón, de tanto prototipo. ¿Cuánto tiempo más vamos a esperar para dejarnos ser tal cuál somos?

No hay hombres o mujeres estándar, hay seres humanos. Ni más, ni menos.

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