Celos.

 

Recuerdo una vez, siendo adolescente, que una amiga me preguntó si yo no tenía celos de las chicas con las que se relacionaba mi pareja. Ante mi negativa (falsa por cierto, porque con el tiempo me descubrí, en muchos aspectos, celosa y posesiva en importantes dosis) me sorprendió respondiéndome que eso quería decir que en el fondo no le quería: “porque si le quisieras, le querrías sólo para ti”.

¡Ándale con la sentencia!

Lo espeluznante es que hay una parte importante de la población que así lo cree. Hay personas que aún son del parecer de que una cierta dosis de celos es necesaria en la relación amorosa, que su ausencia significa desamor, que estar realmente enamorado implica sentirse un poco mal cuando hay que compartir a la pareja, ya no a nivel sexual (la infidelidad o l serían temas de los que hablar más extensamente) sino en cuanto a sus intereses y amistades. No hablan de esos celos patológicos que acarrean finales desgraciados, sean ya malos tratos o asesinatos (tanto de la pareja como de los hijos por venganza); hacia esos, a los que consideran “de distinta clase”, sienten verdadera aversión y pánico. Sin embargo, la base donde se enraízan es la misma: la posesión.

Cuando consideramos algo como “nuestro” podemos pelear para recuperarlo o enfadarnos si imaginamos que lo estamos perdiendo o nos lo están robando, incluso vengarnos si nos sentimos gravemente ofendidos y dañados. Las emociones pueden ofuscarnos y desatarse en forma de dañina vorágine.

La verdadera cuestión no es el grado en que soy o dejo de ser celoso. Si simplemente acribillo a mi pareja a preguntas insidiosas cada vez que creo, intuyo, imagino o incluso sé ciertamente que ha compartido su tiempo con otras personas (no sólo del sexo opuesto) puedo intentar convencerme de que no pasa nada. Si le hago malas caras y le castigo con el látigo de mi indiferencia o le mantengo a “pan y agua” (léase sin relaciones sexuales) por su “supuesto” alejamiento de mí, también podría creer que es “lógicamente” razonable. Sin embargo, es terriblemente dañino e insano, no hace falta llegar a los extremos para perjudicar a alguien, incluido yo mismo.

Cuando la relación de pareja se convierte en una esclavitud, cuando uno de los dos pierde su individualidad, sacrifica sus deseos, amistades e intereses para conseguir la tranquilidad emocional del otro, realmente algo verdaderamente enfermizo y terriblemente pernicioso sucede.

El verdadero amor es desinteresado y, aunque bien es cierto que ninguno (al menos que yo conozca) es tan puro como para no desear ser correspondido y sentirse pleno simplemente por dar, también es verdad que el amor más sano, dentro de nuestra imperfección, es aquel en el que nos sentimos satisfechos por saber que, aun a pesar de sus diferentes intereses, amistades, aficiones o proyectos, esa persona está a nuestro lado.

Cuando los celos, en mayor o menor grado, hacen su aparición, lo único que realmente están reflejando es que hay en ti una carencia que pretendes llenar con ese “alguien” al que llamas “mío”. Si tienes la necesidad de poseer para sentirte satisfecho, si los pensamientos se te disparan cuando tu pareja se aleja y aun a veces estando juntos imaginas que algo pasa, empieza a ser hora de que aceptes tus inseguridades y vuelvas la mirada hacia tu interior.

Los celos no son sanos y, aunque puedan ser más o menos habituales según su intensidad, no es conveniente acomodarse a satisfacerlos.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en concreto puedes contactar conmigo por teléfono o correo electrónico.

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