Por mucho que grites no te haré más caso.

 

¡Qué cierto, pero qué desesperante seguir calmado cuando pasan de ti!

Recuerdo que mis peleas de niña eran batallas campales. De constitución menuda y con poca fuerza, ante la desesperación y frustración opté por gritar, gritar mucho más que el otro. Y, a pesar de que nunca me llevó al desenlace deseado, seguí manteniendo durante muchísimo tiempo la costumbre de gritar como una energúmena siempre que mi nivel de frustración rozaba el límite de lo insostenible.

También recuerdo las sentencias con que mi padre me regalaba cada vez que se daba una situación de este tipo: “la ignorancia es la mejor ofensa” o “el mejor desprecio es no hacer aprecio”.

Durante años, he entendido perfectamente el significado y la realidad de estos preceptos; los sufría constantemente en propia piel pero, aun así, era incapaz de aplicarlos a “los otros”. Ahora tengo claro que tanto uno como otro extremo no dejan de ser puntos de una misma recta. Gritar e ignorar no dejan de ser maneras irrespetuosas de tratar a la otra persona.

Cuando haces tuyas las afrentas, cuando entras en la lucha de poder que significa querer demostrar a toda costa que eres tú y solamente tú quien tiene razón, ya has perdido la batalla. Da igual si es gritando o ignorando, el resultado final es que te colocas por encima de la persona que tienes enfrente, menospreciándola.

Aceptar racionalmente que es mucho mejor llegar a un acuerdo que tener razón, nadie lo pone en duda, ahora, llevarlo a la práctica es otra cuestión.

Desde pequeños entramos en luchas de poder con todo nuestro entorno: con los padres solemos llevar las de perder (al menos en mi época con el famoso: porque lo digo yo se daba por zanjada cualquier discrepancia), con los hermanos dependía de quién pegaba más fuerte, en el cole tu éxito estribaba tanto en tu fuerza, por un lado, como en tu estrategia manipuladora, por el otro… En definitiva, la mayoría de nosotros nos hemos estado entrenando en las artes de la guerra: ganar o perder.

Nadie ha podido enseñarnos a ser asertivos (ver “confrontación asertiva”) porque, desgraciadamente, en nuestro entorno pocos lo eran.

Cuando en un intercambio de opiniones empiezas a subir el tono de voz, has dejado de dialogar para pasar a discutir. Da igual que sigas diciendo que no pretendes convencer a nadie, que simplemente estas exponiendo tus razones, porque, sin quererlo, perdiste el control y entraste en guerra.

Cada vez que te encuentres en una situación así, para unos segundos y céntrate en la respiración. No te preocupe si la otra persona está esperando tu respuesta, permítete parar y tranquilizarte. Una vez reanudes el dialogo, observa tu tono de voz y la velocidad en la que hablas; si vuelves rápidamente a acelerarte, si parece que hablas en falsete (forzando la voz en un tono algo alto), párate de nuevo.

Si el tema es sumamente importante, si es realmente necesario que os pongáis de acuerdo, pídele posponer la charla para otro momento en el que estéis más relajados. Si el tema versaba sobre una insignificancia, déjalo correr, pero no ignorando a la persona, dándole la espalda o dejando de hablar, sino diciéndole que  prefieres no seguir con el tema. Decidir no seguir adelante no es perder ni haber sido derrotado, es tomar la decisión más sana cuando lo que está en juego es mucho más importante que el conflicto en sí mismo.

Si ante la disyuntiva de seguir forzando una situación optas por retirarte, demuestras por tu parte madurez y respeto. Madurez porque sabes discriminar y das validez a lo realmente importante (seguir teniendo una buena relación en lugar de imponer tus ideas u opiniones) y respeto (aceptas que la otra persona tenga sus propios pensamientos y opte por sus propias decisiones, aunque no coincidan con las tuyas). No lograr convencer al otro, no llegar a conseguir que hagan lo que uno quiera y no transigir tampoco en acatar con lo que no estás de acuerdo es una demostración de equilibrio emocional.

Nunca podrás llegar a un acuerdo si, consciente o inconscientemente, quieres ganar, porque ganar o perder te sigue colocando en un lugar jerárquico desde el que no se convive sanamente.

Si quieres ser escuchado y entendido, no grites, habla tranquilamente y, cuando hayas terminado de decir lo que realmente quieres, no te repitas. Por mucho que te violentes, grites o te repitas no conseguirás convencer a nadie. La insistencia y los gritos no son razones convincentes sino más bien repelentes.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en concreto puedes contactar conmigo por teléfono o correo electrónico.

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