Sólo un paso separa lo ridículo de lo sublime.

 

La mayoría de las personas nos solemos mover dentro de lo que se ha dado en llamar “zona de confort”: ese lugar mental donde estamos cómodos, sin presiones.

La ventaja que tiene este espacio es ser un lugar conocido, dentro del cual sabemos movernos sin sorpresas; quizás no cubre todas nuestras aspiraciones, puede incluso que no nos haga sentir plenamente satisfechos, pero nos hace sentir seguros. La desventaja es que para mantener esta sensación de seguridad solemos sacrificar sueños e ilusiones y nos frenamos a la hora de embarcarnos en nuevas experiencias por miedo a lo desconocido.

Ante la insatisfacción y las ganas de evolucionar tan solo existe un antídoto: avanzar, dígase salir de la zona de confort y experimentar nuevas situaciones.

El miedo, la vergüenza, la invalidación, la exigencia, la baja autoestima… son los sentimientos que aparecen ante cualquier indicio de cambio y, si les dejamos, nos anclan en lo conocido de manera inamovible.

Para salir de nuestra zona de confort no hace falta hacer grandes cambios, simplemente introduciendo pequeñas alteraciones podemos movilizar nuestros esquemas: cambiar la ruta de camino a casa o al trabajo, hablar con personas desconocidas, viajar a nuevos lugares, cuestionarse ideas y estar abierto a otras opiniones…

A veces, no somos capaces por nosotros mismos de hacer ni pequeñas modificaciones, entonces la terapia puede ser una gran ayuda. Las sesiones de terapia son a veces como trabajar en un laboratorio experimental, donde tratamos de probar otras opciones no habituales para averiguar qué es mejor para nosotros. Después, estas acciones y pensamientos podemos extrapolarlos y vivenciarlos en nuestro día a día. Si no somos capaces de ello, resulta imposible reestructurar nuestra vida para conseguir un mayor bienestar.

Una de las herramientas que utilizamos son los llamados “rituales”. Existen muchos tipos de rituales, en este caso me refiero al conjunto de acciones que realizamos en un contexto determinado para conseguir un fin concreto. En nuestro caso, son acciones que realizamos para suprimir otras cotidianas que no nos producen el beneficio deseado.

Mediante el ritual se describen de forma pautada ciertas conductas que se deben realizar en determinado momento del día y en determinado espacio. Por tanto, el ritual terapéutico abarca tres facetas: la simbología, el espacio y el tiempo.

Gracias a los rituales, esos actos simbólicos que muchas veces en primera instancia pueden parecer actos ridículos, somos capaces de conseguir abrir nuestra mente a otras perspectivas y darnos cuenta de cómo “eso” que parecía inamovible no es más que una opción, una más entre muchas. El ser capaces de salir de esta zona de confort, en la cual ciertos pensamientos acompañan a determinadas acciones o sentimientos, nos hace más flexibles y tolerantes.

El ritual puede ser una herramienta que nos ayude a desprendernos de acciones o pensamientos que ya no nos satisfacen.

El ritual terapéutico a veces puede parecer un acto ridículo y sin sentido, sin embargo, cuando somos conscientes de su simbolismo, cuando se realiza en el espacio preciso y en el tiempo determinado, es algo sublime y transformador.

El ritual no es una costumbre, no se trata de hacer ciertas acciones automáticas de manera repetitiva, se trata de realizar una práctica determinada con un objetivo concreto en un momento dado.

Si el ritual se hace por hacer, no es más que una serie de acciones ridículas; sin embargo, cuando lo llevamos a cabo con plena conciencia de su simbología y lo realizamos de la manera precisa en el momento adecuado, se convierte en algo sublime, en un acto mágico.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en concreto puedes contactar conmigo por teléfono o correo electrónico.