Calma

¡Ay! ¡Se me está haciendo tarde! Tengo que marcharme ya… La basura, aprovecho para bajarla ahora…Voy con prisa, pero mejor ahora que tener luego que subir y bajar de nuevo… ¡Buf, cuánto ruido y sólo he abierto la puerta!… ¡Va, va, a ver si acabáis de pasar de una vez y puedo salir a tirarlo todo… No sé si llegaré a coger el autobús que pasa a y 10… quizás me saldría más a cuenta ir directamente hacia el metro… aunque me queda más lejos… aunque si cambio la ruta… Primero lo del gestor y el abogado luego… pero tengo médico dentro de una hora… además a la una tengo que estar…

Esta podría ser una de mis mañanas, o quizás de las tuyas. O podría ser totalmente diferente y, sin embargo, seguir siendo lo mismo: vamos acelerados.

¿Acaso no existe la manera de poder hacer las cosas de un modo más tranquilo?

Seguramente, muchos de vosotros pensaréis que es imposible, que para realizar todas vuestras obligaciones y actividades de forma relajada el día necesitaría tener unas pocas horas más. Sin embargo, nuestra aceleración no está realmente ocasionada sólo por la cantidad de actividades que nos vemos obligados a realizar sino por nuestra actitud ante ellas.

Observad qué os motiva a la hora de decidir qué acciones vais a llevar a cabo durante el día. Obviamente, habrá algunas que estaréis irremediablemente abocados a realizar: ir a trabajar, ocuparos de vuestros hijos si los tenéis, cocinar, comer… Habrá otras situaciones en que podáis ser más flexibles y postergarlas temporalmente: quizás aspectos burocráticos, recados varios o determinadas visitas.

¿Qué nos impulsa a querer hacerlo todo y además de este modo? Por un lado, nos creemos en la obligación de ser rentables, eficaces y efectivos tanto en nuestros trabajos como en la vida familiar. Además, debemos conciliar totalmente ambas actividades sin tener que renunciar a ninguna de ellas o, por el contrario, primamos una a expensas de la otra. Nos creamos unas expectativas tan elevadas sobre nosotros mismos que nos abocan a una lucha constante contra todo y todos para intentar hacerlas realidad.

Hay que ejecutarlo todo ahora mismo y con la mayor diligencia posible. ¿Por? Porque así corresponde ¿Para? Para tener un mejor sueldo, para tener un mejor trabajo, para ser mejor padre, para ser mejor persona, para ser el mejor, para… para tener tiempo más tarde para descansar. ¿Y cuando se supone que pararemos a descansar: por la noche, los fines de semana, en vacaciones?, ¿Cómo vamos a descansar si  nuestro cuerpo está tan acelerado y ansioso que es incapaz de relajarse en ningún momento?

Por otro lado, ¿qué sucede cuando no hay nada por hacer? Quizás te sientas aburrido, pienses que estás perdiendo el tiempo y que estás desaprovechando tu vida. Es como una necesidad de exprimir el tiempo antes de que acabe. Cuantas más cosas hagas, más interesante será tu vida. O eso crees. Muchos no sabemos parar y estar en silencio, estamos tan poco acostumbrados a la soledad y a la calma que confundimos estas sensaciones con algo negativo.

Esta aparente inmediatez con la que realizamos todas las actividades, esta lucha por alcanzar las metas planteadas, este afán por comerse el mundo, en el fondo no es más que una postergación de la vida misma. La aceleración con la que nos movemos nos obliga a andar de puntillas, dejando siempre para más tarde el permanecer en “este momento” y disfrutar o al menos tener conciencia de lo que realmente sucede.

La educación nos ha enseñado a funcionar así, por tanto, para vivir plenamente sería conveniente desaprender lo aprendido. Tomarse un tiempo para pensar con calma lo que se quiere hacer y cómo, permite realmente ser más efectivo en la realización y, al mismo tiempo, funcionar sin estrés. Marcarse prioridades reales: lo que quiero, lo que debería y lo que puedo hacer. Decidir lo que vale la pena y a qué coste.

Actuar despacio no es perder el tiempo, sino todo lo contrario, nos permite poner atención en lo que estamos haciendo y apreciarlo en toda su magnitud.

Una de nuestras asignaturas pendientes es la respiración. Es cierto que todos respiramos, pero de manera tan superficial que simplemente mantiene en funcionamiento nuestro organismo, no nos permite tomar conciencia de lo que es la vida, de lo que comporta y de lo que nos aporta.

Respirar correctamente, con inspiraciones profundas y espiraciones lentas, nos obliga a ralentizar nuestro modo de actuar y eso nos ayuda a apreciar todo lo que sucede, tanto en nuestro interior como en el entorno.

La calma no es más que un estado corporal, una actitud que podemos elegir. Respirar amplia y tranquilamente, además de permitir una correcta oxigenación, relaja nuestra musculatura y evita contracturas. Ayuda a que nuestras digestiones sean menos difíciles. Nos hace conscientes de las sensaciones y los sentimientos que nos acompañan en cada momento. Nos permite apreciar el momento presente y disfrutar de él.

Vivir es no perderse nada de lo que sucede ahora mismo, sea más o menos agradable según el periodo vital en el que nos encontremos. Vivir no significa correr para hacer miles de cosas, vivir es ser consciente de cada cosa que hagas.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en concreto puedes contactar conmigo por teléfono o correo electrónico.