Magia o el arte de solucionar apegos sin esfuerzo.

No he encontrado todavía la varita mágica que consiga disolver los conflictos. Hoy por hoy, tanto a nivel personal como profesional, el único sistema que conozco para superarlos y aprender a gestionar mejor las dificultades es una combinación de aceptación, voluntad y constancia.

Mi opinión personal al respecto es que, sin un mínimo de esfuerzo por mi parte, resulta imposible que se realice ningún cambio. Si quieres escalar una montaña, hay que subir por ella, no hay otra opción.

Últimamente, estoy recibiendo, tanto en consulta como vía mail, ciertas demandas de ayuda que vivo como una petición de conjuros. Siento que las personas, angustiadas por sus dependencias y conflictos mal gestionados, ven en mí (o en cualquier terapeuta) una especie de bruja o maga poderosa que puede con un simple toque (sea un consejo, sea un libro, sea una mirada) lograr que sus problemas se vayan disolviendo.

La Gestalt es una psicoterapia experiencial; coloquialmente hablando, uno ha de vivirlo, sentirlo, experimentarlo. Simplemente con la comprensión mental no es suficiente y, a pesar de que los libros de autoayuda se merecen todo mi respeto, no son suficientes para conseguir una “verdadera” transformación; son consejos recibidos, no vivencias en propia piel (si me lo dices lo olvido, si me lo enseñas lo recuerdo, si me involucras aprendo).

Hace poco explicaba la razón neurobiológica (ver “Tropezar con la misma piedra”) por la cual, aun sin querer, repetimos una y otra vez acciones con las que ya no estamos de acuerdo. ¿Cómo es posible cambiar entonces simplemente con y por el deseo de hacerlo?

En este caso, el deseo sería ese pensamiento que les dice que “eso”, sea lo que sea (acción o actitud), está ya fuera de lugar y que, por tanto, es necesario eliminarlo de su arsenal.

La confusión creo que se debe a que este pensamiento parte de una premisa totalmente equivocada: no hay que eliminar, más bien hay que añadir.

Para conseguirlo, distingo varias fases en este proceso:

1-Darme cuenta de que algo no funciona.

2-Aceptar que esa parte pertenece a mi “caja de herramientas” y, aun así, quiero conseguir nuevos instrumentos que se adapten mejor a mi “forma de trabajar” actual.

No me canso de repetir que cualquier mecanismo neurótico es como un programa informático que en su momento fue necesario para que la computadora funcionase, pero que actualmente mi maquina lo está utilizando para resolver cuestiones para las que ya no es necesario, vamos, que quizás está obsoleto para resolver algunas cosas. No hay que eliminarlo, sino más bien quitarle el “clic” que lo hace actuar siempre por defecto (aceptación).

3-Observar cuándo se cuela y no desesperarse por ello. Aceptar que lo aprendido en años no va a ceder espacio en días.

4-Mantener una actitud constante y relajada para conseguir realizar una mejor opción (voluntad). 

5-No desfallecer, seguir intentando mejorar (constancia).

Uno de las demandas que recibo más asiduamente es cómo poder desapegarse de una relación, cómo puede conseguirse dejar de pensar en esa persona, cómo alejarse sin sufrir, cómo…

Cuando éramos niños, el apego emocional fue lo que nos mantuvo vivos: el apego a la madre que nos nutría y a los adultos que nos protegían. El apego fue nuestra base emocional. El problema surge porque a veces este apego en lugar de ser lo que llamamos un apego seguro, es ansioso-ambivalente o ansioso-evitativo

De algún modo, lo instaurado en aquella época lo hemos arrastrado hasta nuestra edad adulta, nos quedamos anclados en esas deficiencias y seguimos intentando resolverlas.

El apego es lo que nos hace estar juntos, es sano y necesario, pero como todo, en su justa medida. Hay apego en las relaciones de pareja, entre padres e hijos, entre amigos. El apego es “bueno”, eso sí, sin exceso; es bueno estar juntos, pero “no revueltos”.

No hay receta mágica, no hay varita, no hay conjuro ni brebaje que consiga que una persona coadicta, codependiente o dependiente emocional (no son sinónimos, pero casi) pueda superar este malestar sin esfuerzo. Estas personas viven en constante sufrimiento y, para salir del agujero en el que están inmersas, necesitan atravesar el dolor que las hace permanecer apegadas al frío, duro y oscuro pozo. Hay muchos rasgos caracterológicos que nos hacen ser personas dependientes, conocerlos sería el primer paso, luego viene la carrera de obstáculos.

Lo difícil no es desapegarse, sino adquirir las “herramientas” necesarias para no volver a caer en la misma trampa, es decir, para conseguir ser una persona no dependiente. Lo mejor en estos casos es empezar un proceso terapéutico para conseguir una vida saludable a medio y largo plazo.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en concreto puedes contactar conmigo por teléfono o por correo electrónico.

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