“Lo que no conoces puede afectarte, lo que te niegas a ver puede matarte”

 

Cansada de darle vueltas a mis asuntos, decidí proporcionarle vacaciones a mi mente y, agarrando un bestseller, decidí devorarlo con el propósito de no dedicarme a nada serio hasta que “terminase” con él.

Esta es una de mis técnicas ante el bloqueo. Hay momentos en que me siento tan colapsada que me resulta imposible encontrar entre tanto pensamiento loco una idea decente a la que darle crédito; en momentos así la postura más coherente es darme espacio y tiempo.

La experiencia me ha enseñado que si dejo de agobiarme intentando encontrar la solución a algo, si dejo de atosigarme con la idea de que el tiempo apremia y me concedo un descanso apartando a un lado todas las presiones, de manera fluida y sencilla, la salida, idea o solución necesaria aparece sin mucha tardanza. Si abandono el control y me dejo caer, es entonces cuando el engranaje vuelve a funcionar y mis piezas internas van recolocándose.

En estos momentos de agobio, a pesar de saber lo necesario y beneficioso que me resulta hacerme a un lado en lugar de intentar por la fuerza conseguir aquello (sea lo que sea aquello), siempre me aparece la duda de si me estaré escaqueando y, en lugar de ofuscada, simplemente estoy queriendo escapar de una situación que no me gusta o que me supone algún esfuerzo. El miedo me agarra por los bajos y me hace creer que, si me dejo estar, seré incapaz de remontar, que las ideas se perderán por no buscarlas, que la salida estará tapiada por la pereza o que la solución permanecerá oculta.

Siempre me cuesta dejar de esforzarme, ya que el miedo me agarra y me hace creer que si por un momento pierdo el norte no volveré a encontrarlo. Y cuando por fin esta vez me dejo caer, aparece esta frase que remueve nuevamente todos mis propósitos:

Lo que no conoces puede afectarte, lo que te niegas a ver puede matarte”

Una frase exagerada, drástica y aun así cierta. Las personas que inician un proceso de crecimiento personal se dan cuenta de cómo todas esas particularidades de su carácter de las que no tenían conciencia les han afectado la vida. Aprenden que no conocer no evita que “eso” nos perturbe. Y lo que es más, no querer aceptarlo o negar su existencia no evitará que nos origine conflictos.

Y este es mi miedo: si suelto el control de la situación, quizás es porque estoy negando “algo” y, si es así,  me estoy perjudicando.

Cada uno de nosotros tiene un mecanismo estrella, ese que hace rechinar todo nuestro engranaje y nos destroza; el mío es el control.

Control: “Dominio, mando, preponderancia”

Existen bastantes más acepciones, aunque esta es la que más se adapta a mi caso. Soy controladora por miedo, por desconfianza, por rigidez… Vamos, que me creo tan omnipotente que si suelto por un momento las riendas, la vida no sabrá que hacer y me succionará un remolino,  o cualquier otra cosa peor.

Vamos, que me creo Dios y, como tal, no puedo descansar, he de estar al pie del cañón SIEMPRE.

Y la frase me abofetea y me obliga a reflexionar, a buscar su polaridad. Sí, en lugar de darle más fuerza a mi locura, la frase aparece ante mis ojos cuando por fin había dejado de esforzarme. En este momento de abandono, de permiso, puedo interpretar este fragmento desde otra dimensión, desde su opuesta.

Si me obsesiono tanto por algo siendo incapaz de variar según el aquí y ahora, esa rigidez, ese control, ese dominio, es el que me “afecta y mata”.

Cuando me quedo atrapada en una situación, esta se vuelve neurótica y ya no es creíble, por lo tanto, descansar o no, no es lo importante. Lo conveniente es desapegarse de “eso” para retomarlo cuando surja, con más calma, de manera más conveniente.

Y esta vez, de nuevo, el remedio ha funcionado y una frase del libro me ha devuelto al camino perdido.

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