“Yo no miento, no lo hagas tú tampoco”.

Me pasé años repitiendo esta frase, escupiéndosela a la cara a mi exmarido cuando le pillaba en un desliz, a mis hijos cuando intentaban colarme algún gol o en la escuela, durante mis años de maestra, cuando algún alumno no traía los deberes y soltaba una historia rocambolesca. Y al hacerlo me sentía superwoman.

Mentir: “Decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa”; esta es una definición, aunque también encontramos: “fingir, aparentar” o “inducir a error”. Si aplico estrictamente el primer enunciado a mi propia persona, ciertamente no mentía pero, si observo detenidamente lo que hacía bajo el prisma de la tercera definición, este sutil “inducir a error”, ¡oh sí!, he sido una mentirosa redomada y con muchísima más alevosía y premeditación que cualquiera de todos los que me rodeaban.

Durante mucho tiempo estuve totalmente convencida de que yo no mentía. Siempre fui muy miedosa y con poca tolerancia al abandono. Las recriminaciones, las riñas y los castigos me producían pavor, los vivía con angustia, pues me sentía rechazada y no querida. Por eso, desde bien pequeña aprendí a esconderme en momentos conflictivos evitando así las preguntas problemáticas. Sin embargo, cuando resultaba imposible escapar a la situación, aprendí a esquivar las preguntas escabrosas como quien esquía haciendo quiebros. Sólo explicaba lo que los oídos ajenos iban a aceptar; la parte que quizás me ocasionase problemas si salía a la luz, simplemente, no la contaba. Yo era una artista en contar medias verdades. Y no mentir, aparentemente, me hacía sentirme mejor, superior.

La mayor mentira era la que me contaba a mí misma para poder vivir tranquila. “Si dices mentiras no te voy a querer” este es uno de los introyectos que se grabó en mi frente como con un hierro ardiendo. Si hubiese reconocido que mentía, me hubiese enterrado bajo tierra como un gusano o  me hubiese sentido la más vil de las cucarachas.

Todas las personas mienten, nadie se libra. Todos lo hemos hecho más de una vez en nuestra vida. Hay muchos tipos de mentiras y muy diversas razones para emplearlas. Van aquí algunas como ejemplo:

– Protectoras: Nos evitan problemas o castigos. “No he podido hacer los deberes porque me encontraba mal”.

– Evasivas: Nos evitan responsabilidades, miedos o vergüenzas de que se sepan ciertas cosas o nos ayudan simplemente a no dar mayores explicaciones. “No fui yo, fue él”.

– Oficiosas o sociales: Se dicen por educación, para no molestar, son diplomáticas y nos hacen quedar bien. “¡Qué vestido más bonito, estás arrebatadora!”.

– Manipuladoras: Las que usan sobre todo los políticos, vendedores o cualquiera de nosotros buscando ciertos fines. “Subiremos las pensiones”. “Este es el mejor seguro de automóvil”.

– Piadosas: Para no herir, para evitar disgustos. “No te preocupes, todo se arreglará”.

¿Quién no ha mentido a los niños hablándoles de los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez?

Todo esto son mentiras, más o menos veniales, según la motivación que nos induzca a decirlas.

El verdadero problema es cómo convivimos el mentiroso con el “veraz”, por llamarle de algún modo. Cuando, en una relación, uno de los miembros de la pareja considera que no miente y acusa al otro de este defecto, normalmente, se otorga a sí mismo un grado de superioridad (se siente mejor persona), lo que dificulta la relación tanto como la mentira en sí. Cuando se personaliza (“yo a ti no te hago esto, ¡eres un mentiroso, me engañas, me tomas el pelo!, ¿te creías acaso que no me iba a enterar?”) no se está buscando resolver ningún conflicto, se está llevando a cabo un ataque personal que no propicia solución alguna. Se pierde la relación simétrica, de igualdad entre la pareja, para pasar a una relación más jerárquica: “Yo no miento, soy el bueno y estoy arriba. Tú mientes, eres el malo y estas abajo”.

Otra cuestión es confrontar la situación concreta para aclararla y resolverla sin ataques personales: “Sé que la otra noche no te quedaste trabajando, me mentiste, he encontrado las entradas en tu bolsillo. No me gusta que me mientas, me crea desconfianza hacia ti”. Aquí existe el enfado pero la posición de ambos sigue siendo simétrica, siguen en el mismo nivel jerárquico, siguen siendo iguales y, desde este lugar, es muchísimo más fácil llegar a un entendimiento.

Mentir o no, no nos convierte en mejores o peores personas. Responsabilizarse, tanto del motivo que nos lleva a decidir qué opción tomar como de acatar las consecuencias que de ello deriven, es uno de los aspectos que nos transforma en un ser humano más completo.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en concreto puedes contactar conmigo por teléfono o correo electrónico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.